25.7.06

HOSPITAL DE RETAGUARDIA

"Normalmente no había tantos enfermos dentro del hospital como fuera de él, según comprobó Yossarian, y, por lo general, dentro había menos personas gravemente enfermas. La tasa de mortalidad era mucho más baja dentro que fuera del hospital, y además mucho más sana. Pocas personas morían innecesariamente. La gente sabía muchas más cosas sobre la muerte dentro del hospital, y además se moría mejor, con más limpieza. No podían dominar a la Muerte dentro del hospital, pero no cabía duda de que la obligaban a portarse como Dios manda. Le habían enseñado buenos modales. No podían desterrarla, pero mientras estaba allí dentro tenía que actuar como una señora. La gente entregaba su alma con delicadeza y buen gusto dentro del hospital, sin aquella ostentación grosera que presidía la Muerte fuera. Nadie saltaba por los aires hecho pedazos como Kraft o el muerto de la tienda de Yossarian, ni moría congelado en pleno verano bochornoso como le ocurrió a Snowden (...)
La gente no se esfumaba misteriosamente en el interior de una nube, como Clevinger. No estallaban convertidos en sangre y coágulos. No se ahogaban ni los fulminaba un rayo, no los atrapaba una máquina ni los aplastaba un corrimiento de tierras. No los mataban a tiros en atracos a mano armada, ni los estrangulaban después de una violación, ni los acuchillaban en bares; no les abrían la cabeza a hachazos sus padres o sus hijos, ni morían sumariamente a consecuencia de cualquier otro acto de Dios. Nadie se asfixiaba. La gente se desangraba con educación en un quirófano o expiraba sin mayores aspavientos en una cámara de oxígeno. Nada de esas tonterías de ahora estoy aquí, ahora ya no estoy tan en boga fuera del hospital. No había ni hambrunas ni inundaciones. Los niños no se asfixiaban en la cuna o la nevera ni caían bajo las ruedas de un camión. Nadie moría apaleado. La gente no metía la cebeza en el horno con el gas encendido, ni se arrojaban bajo un vagón de metro ni caía en picado como un peso muerto desde la ventana de un hotel haciendo ¡suuuum! con una aceleración de cinco metros por segundo para aterrizar con un repugnante ¡chof! en la acera y morirse de forma asquerosa delante de todo el mundo como un saco lleno de helado fibroso de fresa, con los dedos de los pies torcidos y sanguinolentos."

Joseph Heller. Trampa 22

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